¿Cómo llegó Julio César al poder? La respuesta parece encontrarse en sus victorias militares, en la conquista de la Galia o en aquel instante decisivo en el que cruzó el Rubicón al frente de sus legionarios. Sin embargo, su ascenso comenzó mucho antes de que desafiara abiertamente al Senado.
Detrás del general admirado por Napoleón existía un político extraordinariamente ambicioso, capaz de utilizar las deudas, la oratoria, los matrimonios, las amistades y hasta el perdón como instrumentos de poder. César no se limitó a vencer a sus enemigos: aprendió a seducirlos, dividirlos, incorporarlos a su causa o destruirlos cuando consideraba que podían convertirse en una amenaza.
Para descubrir al hombre que se esconde detrás del mito, Víctor Pérez conversa con Francisco Uría, escritor, jurista y divulgador histórico. Su experiencia en el derecho, la política y el ámbito financiero permite contemplar la carrera de César desde una perspectiva especialmente reveladora.
La conversación parte de su libro Eso no estaba en mi libro de Julio César, publicado por editorial Almuzara, una obra que recupera episodios menos conocidos de su vida y presta una atención especial a su relación con Hispania.
El resultado es el retrato de un personaje difícil de encerrar en una sola definición: militar brillante, político implacable, orador, abogado, escritor, seductor y reformador. Un hombre que contribuyó a destruir la República romana mientras aseguraba que pretendía mejorarla.
Julio César antes del mito: un político obsesionado con el poder
Cuando se piensa en Julio César, la primera imagen suele ser la del general victorioso. Sin embargo, Francisco Uría propone invertir esa perspectiva. César no fue un militar que acabó interviniendo en política, sino un político que convirtió sus éxitos militares en el fundamento de su poder.
«César es, ante todo, centralmente, un político que busca alcanzar el poder en Roma».
Desde muy joven sintió una profunda fascinación por Alejandro Magno. No aspiraba únicamente a recorrer el cursus honorum, la sucesión de cargos que marcaba la carrera pública de los ciudadanos romanos. Quería alcanzar una gloria que lo situara por encima de sus contemporáneos.
Esa ambición explica por qué resulta difícil separar las diferentes facetas de su vida. Sus campañas, sus tres matrimonios oficiales, sus relaciones personales y su actividad jurídica aparecen vinculados de una manera u otra con sus intereses políticos.
Incluso la abogacía se convirtió en una forma de enfrentarse a sus adversarios. César intervino en causas contra antiguos gobernadores acusados de abusar de los habitantes de las provincias. No elegía asuntos jurídicos neutrales: utilizaba los tribunales para desafiar a los optimates, la facción más conservadora del Senado, y presentarse como defensor de quienes sufrían los excesos de la aristocracia.
La palabra fue una de sus primeras armas. Mucho antes de que sus legiones pudieran entregarle el control de Roma, César ya había aprendido a persuadir, construir una identidad pública y colocar a sus adversarios ante contradicciones difíciles de resolver.
La peligrosa política de Roma
La política romana estaba muy lejos de ser un debate ordenado entre facciones rivales. Los enfrentamientos podían terminar en disturbios, destierros, conspiraciones o asesinatos. Los hombres públicos acudían acompañados por seguidores armados y una acusación mal dirigida podía acabar con una carrera o con una vida.
César conoció muy pronto ese peligro. Durante la dictadura de Sila se negó a divorciarse de Cornelia, hija de Lucio Cornelio Cinna, uno de los enemigos del dictador. La decisión lo obligó a esconderse y pudo haberle costado la vida. Según la tradición, Sila advirtió a quienes pidieron clemencia para el joven que en él había «muchos Marios».
Años después volvió a encontrarse en una posición comprometida durante la conspiración de Catilina. Cuando Cicerón reclamó la ejecución de los conjurados detenidos, César defendió que ningún ciudadano romano debía ser condenado a muerte sin juicio.
Su discurso provocó un enfrentamiento con Catón y despertó sospechas acerca de su posible cercanía con los conspiradores. Craso, que temía verse involucrado, había preferido permanecer en casa. César, en cambio, acudió al Senado y defendió públicamente su posición.
Uría considera que aquella intervención permite apreciar a un mismo tiempo al abogado, al orador y al político. También muestra su capacidad para asumir riesgos cuando creía que podía obtener de ellos una ventaja futura.
Cicerón conocía su ambición, pero parece que durante mucho tiempo lo consideró un hombre excesivamente preocupado por su aspecto y su vida social. Aquella infravaloración terminó favoreciendo a César. Algunos de los políticos más inteligentes de Roma tardaron demasiado en comprender la verdadera dimensión del adversario que tenían delante.
Deudas, elecciones y el dinero de Craso
Alcanzar el poder en Roma era extraordinariamente caro. Las campañas electorales, los espectáculos públicos, los banquetes y las redes de clientes exigían unas cantidades de dinero que podían llevar a la ruina a cualquier candidato.
César pertenecía a una familia aristocrática, pero no disponía de una gran fortuna. Para competir necesitó endeudarse y contar con el respaldo de Marco Licinio Craso, uno de los hombres más ricos de la República.
El apoyo de Craso permitió que continuara avanzando cuando sus acreedores amenazaban con bloquear su carrera. Para el financiero romano, respaldar a un político con talento también representaba una inversión. Si César alcanzaba las principales magistraturas, aquel dinero podía transformarse en influencia.
Francisco Uría establece aquí una comparación especialmente interesante con Catilina. Los dos acumularon grandes deudas y se movieron en círculos cercanos a Craso, pero sus carreras terminaron siguiendo caminos opuestos. Como explica durante la entrevista, «lo que diferencia a los dos es el éxito».
Catilina fracasó repetidamente en las elecciones y quedó expuesto a unos acreedores que podían conducirlo a la esclavitud. César consiguió ganar, obtuvo gobiernos provinciales y encontró los recursos necesarios para pagar sus compromisos y seguir creciendo políticamente.
Las deudas fueron una debilidad, pero también el combustible de una carrera que ya no podía detenerse. César necesitaba nuevos cargos para responder por los anteriores y más poder para garantizar su supervivencia. Cada victoria le permitía aplazar el peligro y elevar todavía más sus ambiciones.
El primer triunvirato: una alianza entre tres ambiciones
Uno de los movimientos políticos más inteligentes de César fue reunir a Pompeyo y Craso. Los dos eran más poderosos que él y mantenían una relación profundamente conflictiva.
Pompeyo disfrutaba de un enorme prestigio militar y contaba con la fidelidad de sus veteranos. Craso poseía una extraordinaria fortuna y una extensa red de intereses. César comprendió que los tres podían alcanzar sus objetivos si dejaban temporalmente a un lado sus diferencias.
Así nació el primer triunvirato. No fue una institución oficial, sino un acuerdo privado capaz de condicionar las decisiones de Roma y superar la resistencia de los optimates. El mérito de César, señala Uría, consistió en hacer ver a Pompeyo y Craso que tenían mucho más que ganar cooperando que enfrentándose.
César todavía no poseía el dinero de uno ni la reputación militar del otro, pero fue capaz de situarse entre ambos y convertirse en el elemento que mantenía unida la alianza.
La relación quedó reforzada mediante el matrimonio de Pompeyo con Julia, hija de César. Aunque el enlace respondía a una intención política, entre los dos surgió un vínculo afectivo verdadero. La muerte de Julia durante el parto eliminó el principal lazo personal que unía a los dos hombres.
Poco antes, Craso había muerto durante su desastrosa campaña contra los partos. Sin él como tercer vértice ni Julia como vínculo familiar, Pompeyo y César quedaron frente a frente. Roma ya no parecía lo suficientemente grande para las ambiciones de ambos.
La guerra de las Galias y la creación de un ejército personal
La conquista de la Galia proporcionó a César los recursos que necesitaba para disputar el control de Roma: riqueza, prestigio, experiencia militar y unas legiones profundamente unidas a su comandante.
Durante ocho años dirigió una sucesión de campañas que lo convirtieron en uno de los generales más admirados de la Antigüedad. Pero aquellos conflictos no pueden contemplarse únicamente como una epopeya militar.
Lo que comenzó como una intervención contra determinados pueblos que avanzaban hacia territorios aliados de Roma fue creciendo hasta convertirse en una guerra de enormes dimensiones. Cientos de miles de personas murieron o fueron esclavizadas. Algunos historiadores han llegado incluso a discutir si determinadas actuaciones de César podrían calificarse como genocidas.
Uno de los episodios más brutales fue el castigo impuesto a los habitantes de Uxeloduno, a quienes ordenó cortar las manos para que su destino sirviera como advertencia. Sin embargo, el mismo César podía perdonar en otras ocasiones a quienes habían combatido contra él.
Francisco Uría observa en esta contradicción uno de los rasgos más inquietantes del personaje. César podía ser cruel o magnánimo sin que sus decisiones parezcan impulsadas por la ira, la compasión o la venganza. Detrás de ambas conductas se percibe, en palabras del autor, un «frío cálculo político».
La crueldad servía para sembrar el miedo y evitar nuevas rebeliones. La clemencia le permitía atraer a antiguos adversarios y presentarse como una alternativa a las matanzas de Mario y Sila. Perdonar y castigar eran dos formas diferentes de ejercer el mismo poder.
El general que sabía hablar con sus soldados
La fidelidad de las legiones no se explicaba solamente mediante las victorias o las recompensas. César sabía convivir con sus hombres, compartir las dificultades de las campañas y comunicarse con ellos sin la distancia habitual de la aristocracia.
Podía enfrentarse dialécticamente a Cicerón utilizando un latín refinado y, al mismo tiempo, bromear con sus legionarios o relacionarse con los habitantes de la Suburra, el barrio popular de Roma en el que había vivido.
Esa capacidad de adaptación lo convertía en un extraordinario seductor. César sabía encontrar el lenguaje adecuado para los senadores, los votantes, los acreedores, los soldados y las personas de su entorno íntimo.
Sus legionarios no obedecían únicamente a un representante de la República. Sentían por él, según explica Uría, una auténtica veneración. Cuando llegó el momento de enfrentarse al Senado, aquella lealtad personal se convirtió en la verdadera base de su poder.
El Rubicón: la decisión que cambió la historia
El 10 de enero del año 49 a. C., César cruzó el Rubicón al frente de la legión XIII. Atravesar aquel río y entrar en Italia con un ejército bajo su mando significaba desafiar la autoridad del Senado e iniciar una guerra civil.
La escena ha quedado asociada a una ambición sin límites, pero la conversación con Francisco Uría introduce un matiz importante. César también se encontraba acorralado.
Sus enemigos exigían que abandonara el mando y regresara a Roma como un ciudadano particular. Sin la inmunidad asociada a su cargo, podía ser juzgado, apartado de la vida pública e incluso perder la vida.
César intentó negociar con Pompeyo durante los días anteriores al cruce. Quería conservar su posición hasta poder presentarse de nuevo al consulado, pero las conversaciones fracasaron. La disputa política desembocó así en una elección extrema: aceptar el posible final de su carrera o recurrir al ejército que había construido durante sus campañas.
Pompeyo decidió abandonar Roma y después salió de Italia. Aquel movimiento permitió a César ocupar la capital, acceder al tesoro público y conquistar la iniciativa estratégica. La rapidez volvió a colocar por delante al hombre que inicialmente parecía disponer de menos recursos.
El Rubicón fue mucho más que una frontera. Representó el instante en el que las instituciones dejaron de ser capaces de contener el conflicto y la política romana terminó resolviéndose mediante las armas.
Cleopatra y César: política antes que romance
La relación entre Julio César y Cleopatra suele presentarse como una de las grandes historias de amor de la Antigüedad. Sin embargo, su origen estuvo marcado por los intereses políticos de ambos.
Cleopatra necesitaba el respaldo de Roma para imponerse en la lucha por el trono de Egipto. César necesitaba asegurar la estabilidad de un territorio esencial para el abastecimiento de cereal.
Mientras las fuerzas pompeyanas continuaban reorganizándose en África e Hispania, contar con una gobernante aliada en el Mediterráneo oriental representaba una importante ventaja estratégica.
Eso no significa que entre ambos no existiera una relación íntima. Después de la campaña egipcia, y pese a que sus enemigos todavía no habían sido derrotados, César emprendió un viaje por el Nilo junto a Cleopatra. Aquella decisión permite pensar que el vínculo superó la mera conveniencia diplomática.
Cleopatra sostuvo que Cesarión era hijo de César, aunque su paternidad continúa siendo discutida. El romano nunca lo reconoció formalmente como heredero y terminó favoreciendo en su testamento a su sobrino nieto Octavio.
La relación vuelve a mostrar que la vida personal de César nunca estuvo completamente separada de sus intereses. En su trayectoria, la intimidad, las alianzas y el poder aparecen constantemente entrelazados.
Julio César en Hispania: una historia menos conocida
La relación de César con Hispania ocupa un lugar importante en el libro de Francisco Uría y constituye uno de los aspectos más reveladores de la entrevista. César estuvo en la península en cuatro ocasiones, una vinculación mucho más profunda de lo que suelen mostrar los relatos generales sobre su vida.
Llegó primero como cuestor y desarrolló parte de su actividad en el sur, especialmente en Cádiz y Córdoba. Más tarde regresó como propretor, asumió el mando de varias legiones y combatió contra los lusitanos.
Aquellas experiencias le permitieron conocer el funcionamiento de las provincias, establecer relaciones políticas y desarrollar recursos militares que después utilizaría a mayor escala en la Galia.
Los otros dos viajes estuvieron relacionados con la guerra civil. Hispania era uno de los principales territorios de influencia pompeyana y dominarla resultaba imprescindible para impedir que sus enemigos reconstruyeran allí una fuerza capaz de desafiarlo.
Uría insiste en que «la conexión de César con Hispania es profunda» y que el aprendizaje obtenido aquí fue importante en su evolución. No se trata, por tanto, de un episodio marginal dentro de su biografía.
La batalla de Munda y el final de la resistencia pompeyana
La batalla de Munda, librada en el año 45 a. C. en la provincia de Córdoba, fue el enfrentamiento que terminó de entregarle el poder.
Las fuerzas pompeyanas ofrecieron una resistencia feroz y estuvieron cerca de provocar el colapso de sus legiones. Ante el retroceso de sus hombres, César se expuso personalmente para impedir la desbandada.
Según las fuentes antiguas, después afirmaría que en otras ocasiones había luchado por la victoria, pero que en Munda había tenido que combatir también por su propia vida.
La derrota de los hijos de Pompeyo eliminó la última gran resistencia organizada contra su autoridad. Hispania fue el territorio en el que César se formó como administrador y comandante, pero también el escenario de la batalla que le permitió regresar a Roma como vencedor indiscutido.
Dictador y reformador: las dos caras de Julio César
La palabra dictador no tenía en Roma exactamente el significado que posee en la actualidad. La dictadura era una magistratura legal y extraordinaria que concedía poderes especiales a una persona durante una crisis.
El problema no fue únicamente que César asumiera el cargo, sino que ampliara progresivamente sus atribuciones hasta ser nombrado dictator perpetuo. Una magistratura concebida como temporal se convertía así en permanente.
César controlaba las principales instituciones, dominaba el Senado y conservaba el mando del ejército. No fue oficialmente el primer emperador romano, condición que se atribuye a Augusto, pero había comenzado a destruir los contrapesos de la República.
Su forma de gobernar encierra, sin embargo, una contradicción. No emprendió las proscripciones ni las matanzas que habían caracterizado la dictadura de Sila. Perdonó a numerosos adversarios y puso en marcha un amplio programa de reformas.
Reorganizó la administración, impulsó obras públicas y reformó el calendario. También trató de mejorar el gobierno de unas provincias que formaban parte de un territorio cada vez más extenso.
Francisco Uría considera que César fue las dos cosas: dictador y reformador. Utilizó su poder de una manera relativamente benevolente, pero ese poder seguía siendo prácticamente absoluto. Roma dependía de la voluntad de un solo hombre y carecía ya de mecanismos efectivos para limitarlo.
Los idus de marzo y una República que ya estaba muriendo
El nombramiento como dictador perpetuo, la acumulación de honores y sus aproximaciones simbólicas a un poder monárquico convencieron a un grupo de senadores de que debían actuar.
César rechazó públicamente la corona cuando Marco Antonio intentó imponérsela. Sabía que los romanos asociaban la monarquía con la tiranía. Sin embargo, sus atribuciones y la permanencia de su dictadura alimentaban el temor de que aspirara a convertirse en rey.
Alrededor de sesenta senadores participaron en la conspiración. Entre ellos se encontraban Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino. Muchos habían combatido en el bando de Pompeyo y habían sido perdonados por César.
El 15 de marzo del año 44 a. C., durante una reunión del Senado, los conspiradores lo rodearon y lo asesinaron. La clemencia que le había permitido recuperar a sus enemigos terminó colocando a algunos de ellos a su lado en el momento de su muerte.
Los conspiradores eliminaron al dictador, pero no habían preparado una alternativa capaz de ocupar el vacío. El asesinato desencadenó nuevas guerras civiles y terminó facilitando el ascenso de Octavio, el futuro Augusto.
Marco Antonio y Octavio combatieron primero contra los asesinos de César y después se enfrentaron entre ellos. La violencia que pretendía restaurar las antiguas libertades aceleró la llegada de un nuevo sistema de poder personal.
Para Francisco Uría, la explicación es sencilla y contundente: «la República ya estaba muerta». El asesinato acabó con César, pero no podía devolver a Roma un equilibrio institucional que llevaba décadas descomponiéndose.
La compleja brillantez de Julio César
Julio César llegó al poder porque supo combinar capacidades que otros dominaban por separado. Necesitó el respaldo económico de Craso, la alianza con Pompeyo, el apoyo de la plebe, el prestigio de sus victorias y la lealtad de sus soldados.
También entendió que el poder no dependía únicamente de las instituciones. Se construía mediante relaciones, relatos, favores, deudas, recompensas y miedos. César sabía convencer a los votantes, negociar con las élites y compartir la dureza de las campañas con sus hombres.
Francisco Uría define al personaje con una expresión que resume sus virtudes y contradicciones: «compleja brillantez». Destacó como general, político, abogado, orador, escritor y gobernante, pero puso todas esas cualidades al servicio de una ambición que terminó desbordando la legalidad republicana.
Su asesinato acabó con el hombre, pero no con el sistema político que había contribuido a crear. Más de dos mil años después, su vida continúa planteando una pregunta difícil de responder: ¿fue César el responsable de destruir la República o simplemente el hombre que comprendió antes que nadie que aquella República ya no podía sobrevivir?
Escucha la conversación completa con Francisco Uría
La entrevista permite profundizar en episodios que van mucho más allá del ascenso militar de Julio César: sus deudas, la financiación de Craso, su enfrentamiento con Catón, la conspiración de Catilina, la relación con Cleopatra, la brutalidad de la guerra de las Galias y la importancia que tuvo Hispania en su carrera.
Francisco Uría descubre a un César menos conocido y ayuda a comprender cómo un hombre extraordinariamente brillante consiguió transformar todas sus capacidades en herramientas para conquistar Roma.
Escucha el episodio completo y descubre la historia del hombre que cruzó el Rubicón, derrotó a sus enemigos y cambió para siempre el destino de la República romana.
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Preguntas frecuentes sobre Julio César y su ascenso al poder
¿Cómo llegó Julio César al poder?
Julio César llegó al poder combinando financiación, alianzas políticas, respaldo popular, prestigio militar y fidelidad de sus legiones. El apoyo de Craso, el primer triunvirato, la conquista de la Galia y su victoria en la guerra civil fueron decisivos.
¿Por qué fue tan importante Craso para Julio César?
Marco Licinio Craso respaldó económicamente a César cuando sus deudas amenazaban con bloquear su carrera. Su apoyo permitió que continuara compitiendo por las magistraturas y construyendo su influencia política.
¿Por qué cruzó César el Rubicón?
César cruzó el Rubicón porque regresar a Roma sin el mando militar podía significar un proceso judicial y el final de su carrera. Tras fracasar las negociaciones con Pompeyo y el Senado, recurrió a sus legiones.
¿Qué importancia tuvo Hispania en la vida de Julio César?
Hispania fue fundamental para su formación administrativa y militar. César estuvo en la península en cuatro ocasiones, combatió contra los lusitanos y derrotó en Munda a las últimas grandes fuerzas pompeyanas.
¿Fue Julio César el primer emperador romano?
No. César acumuló poderes extraordinarios y fue nombrado dictador perpetuo, pero no fue oficialmente emperador. Se considera que el primer emperador romano fue Augusto.
¿Por qué asesinaron a Julio César?
Un grupo de senadores consideraba que César había destruido los límites de la República y avanzaba hacia un poder semejante al de un rey. Su nombramiento como dictador perpetuo precipitó la conspiración de los idus de marzo.



