Los asesinos en serie en España forman parte de una crónica negra que no puede comprenderse únicamente mediante cifras, apodos o reconstrucciones sensacionalistas. Detrás de cada caso existen víctimas, investigaciones complejas, confesiones difíciles de verificar y preguntas sobre la conducta humana que rara vez admiten respuestas sencillas.
En este episodio de Misterioso Universo en la Red, Antonio Trujillo García, policía, criminólogo y escritor, analiza algunos de los criminales más inquietantes de la historia reciente española. La conversación parte de su libro Crímenes que estremecieron a España, publicado por Editorial Almuzara a través de su sello Sekotia.
El interés del episodio no reside únicamente en recordar nombres como El Arropiero, El Mataviejas, El Brujo o El asesino de la baraja. Uno de sus principales valores está en comprender cómo trabajan los investigadores cuando un sospechoso confiesa, miente, exagera o aporta un detalle que solo podría conocer el verdadero autor de un crimen.
La crónica negra española desde la mirada de un policía y criminólogo
Antonio Trujillo García y el origen de su interés por el crimen real
Antonio Trujillo explica durante la entrevista que cuenta con una trayectoria de veinticinco años en la policía y que es graduado en Criminología por la Universidad de Salamanca. Sin embargo, su interés por escribir sobre la historia criminal española no nació directamente de su profesión, sino de su afición por la narrativa negra y la escritura creativa.
El punto de inflexión llegó cuando leyó en un periódico un reportaje dedicado a Manuel Delgado Villegas, conocido como El Arropiero. Le sorprendió descubrir que uno de los criminales más prolíficos de España era prácticamente desconocido para una gran parte del público. La historia reunía elementos propios de una novela negra: múltiples asesinatos, desplazamientos por distintos lugares, confesiones contradictorias y una investigación condicionada por el contexto político y social de la época.
A partir de aquel descubrimiento, Antonio Trujillo comenzó a buscar otros casos semejantes. Lo que inicialmente parecía una investigación centrada en un único asesino terminó revelando una extensa sucesión de crímenes, perfiles y episodios que podían haber llenado más de un volumen.
Uno de los aspectos que más destacan al escuchar la entrevista es precisamente esa combinación entre experiencia profesional, conocimiento criminológico y capacidad narrativa. Los casos no se presentan como simples sucesos sangrientos, sino como investigaciones en las que cada declaración, cada contradicción y cada objeto puede adquirir un significado decisivo.
El Arropiero, el caso que dio origen a la investigación
El Arropiero ocupa una posición central tanto en el libro como en la conversación. Manuel Delgado Villegas recorrió diferentes lugares de España y confesó decenas de asesinatos, algunos de ellos supuestamente cometidos también fuera del país. Sin embargo, solo una parte de esas confesiones pudo investigarse y relacionarse con hechos concretos.
Esta diferencia entre crímenes confesados, casos investigados y asesinatos acreditados es esencial para entender su historia. La confesión de un criminal no constituye por sí sola una prueba suficiente. Debe ir acompañada de datos verificables, localizaciones, objetos, restos, testimonios u otros elementos que permitan vincularlo realmente con los hechos.
El Arropiero: confesiones difíciles de demostrar
Del asesino más prolífico a los crímenes realmente acreditados
El Arropiero suele ser presentado como el mayor asesino en serie de España por la cantidad de muertes que afirmó haber causado. No obstante, el elevado número de confesiones plantea un problema fundamental: no todo lo que contó pudo demostrarse.
Para ampliar el contexto de este caso puede consultarse este reportaje sobre Manuel Delgado Villegas, El Arropiero, que repasa su trayectoria criminal, sus confesiones y las circunstancias por las que nunca llegó a ser juzgado.
Durante la entrevista, Antonio Trujillo explica que los investigadores recorrieron con él distintos puntos de España para reconstruir los asesinatos. Su vida itinerante y su capacidad para desplazarse dificultaban la conexión entre los casos. Además, algunas víctimas pertenecían a entornos vulnerables o habían desaparecido sin que existiera una investigación coordinada entre territorios.
El problema no era únicamente localizar los lugares. También había que determinar cuándo El Arropiero estaba recordando un crimen real, cuándo mezclaba episodios y cuándo trataba de engrandecer su propia leyenda.
Cómo se ganaron los investigadores su confianza
Los agentes encargados de las reconstrucciones optaron por mantener con él un trato próximo. Lo llamaban Manolo y procuraban generar una relación de confianza que facilitara las conversaciones. Esa estrategia no respondía a una fórmula universal, sino a la necesidad de adaptar el interrogatorio a la personalidad del investigado.
El episodio muestra así que un interrogatorio no consiste únicamente en formular preguntas. También requiere observar reacciones, detectar contradicciones, identificar los temas que estimulan al sospechoso y decidir qué actitud puede facilitar que hable.
En el caso de El Arropiero, el trato cercano permitió obtener información sobre lugares y víctimas. Sin embargo, también obligó a los investigadores a mantener una distancia crítica. Su disposición a hablar no garantizaba que todo cuanto decía fuese cierto.
La frontera entre confesión, exageración y verdad
Uno de los momentos más inquietantes de la entrevista es la anécdota en la que El Arropiero escuchó por la radio la noticia de otro asesino al que se atribuía un elevado número de víctimas. Según el relato de Antonio Trujillo, prestó una atención especial y llegó a plantear que debía quedar en libertad para poder superar aquella cifra.
Más allá de lo perturbador de la escena, la anécdota muestra la importancia que algunos criminales conceden a su notoriedad. La confesión puede convertirse en una forma de competición, de construcción de identidad o de reconocimiento. Esto obliga a separar cuidadosamente el deseo de protagonismo de los hechos realmente demostrables.
Cómo se investiga la confesión de un asesino en serie
Confesar un crimen no equivale a demostrarlo
Una confesión puede ser el comienzo de una investigación, pero no necesariamente su conclusión. El sospechoso debe aportar información coherente con la escena, la causa de la muerte, los objetos encontrados y los datos que los investigadores han mantenido fuera del conocimiento público.
La propia delimitación del concepto de asesino en serie también requiere prudencia. Un estudio sobre los asesinos seriales en España disponible en Dialnet aborda la necesidad de analizar estos perfiles con criterios criminológicos y evitar que cualquier homicida múltiple sea clasificado automáticamente como asesino serial.
Generalmente, el asesinato en serie implica varios crímenes cometidos en episodios separados. Esta característica permite diferenciarlo de una matanza concentrada en un único acto, aunque en la práctica existen casos límite y clasificaciones discutidas.
La conversación resulta especialmente valiosa cuando abandona los grandes titulares y se adentra en el proceso mediante el cual una declaración se convierte, o no, en una prueba útil. El criminal puede conocer datos reales porque participó en el hecho, porque los leyó en la prensa, porque los escuchó de otra persona o porque está mezclando diferentes historias.
El detalle reservado que delató al asesino de la baraja
El caso del asesino de la baraja constituye uno de los ejemplos más claros de la importancia de los datos reservados. El autor de los crímenes se presentó voluntariamente en una comisaría después de haber bebido. Su relato resultó tan difícil de creer que inicialmente fue rechazado.
La situación cambió cuando mencionó un detalle que apenas conocían los investigadores: las cartas encontradas en los escenarios de los asesinatos tenían una señal realizada con un rotulador azul. Esa información no había sido difundida de forma general y permitió comprender que su confesión debía tomarse en serio.
Un elemento aparentemente menor pudo separar a un falso confesor de una persona vinculada directamente con los hechos. Ese episodio resume una de las ideas centrales de la entrevista: en una investigación criminal, el valor de un detalle no depende de su espectacularidad, sino de su capacidad para verificar una declaración.
Interrogatorios, lenguaje no verbal y experiencia policial
Durante la conversación también se plantea si determinados gestos pueden revelar que una persona está mintiendo. Antonio Trujillo reconoce la utilidad del análisis del lenguaje no verbal, aunque insiste en que la investigación no puede reducirse a observar una mirada, un movimiento o una reacción aislada.
El interrogatorio debe entenderse como un proceso en el que intervienen experiencia, conocimiento del caso, estrategia y capacidad de adaptación. Una técnica que funciona con una persona puede fracasar completamente con otra.
Por esa razón, los investigadores deben confrontar la conducta observada con pruebas objetivas. La serenidad, el nerviosismo o la ausencia aparente de emoción no demuestran por sí mismos la culpabilidad o la inocencia.
Psicopatía, mentira y ausencia de remordimiento
Por qué algunos asesinos mezclan hechos reales y falsedades
Algunos criminales construyen relatos en los que combinan recuerdos reales, exageraciones y mentiras. Pueden hacerlo para ganar notoriedad, manipular a los investigadores, ocultar otros hechos o alimentar una imagen de poder.
La psicopatía aparece en la entrevista como uno de los conceptos relacionados con determinados perfiles, especialmente por la frialdad emocional, la manipulación y la falta de remordimiento. Sin embargo, no debe utilizarse como una etiqueta automática para cualquier persona que cometa un crimen violento.
Tampoco todos los asesinos en serie presentan exactamente las mismas características. Existen diferencias en la planificación, en la elección de las víctimas, en el comportamiento posterior y en la relación que mantienen con sus propios actos.
La frialdad emocional ante el sufrimiento de las víctimas
La forma en la que algunos asesinos hablan de los hechos puede resultar tan perturbadora como el propio crimen. El Arropiero, según los investigadores citados durante la entrevista, relataba algunas muertes con una ligereza que contrastaba con la gravedad de lo sucedido.
Esa ausencia aparente de peso emocional complica el interrogatorio. La reacción esperable ante la muerte de una persona no siempre aparece, y el investigador debe evitar interpretar la falta de emoción de manera aislada. Lo importante es comprobar si el relato se corresponde con las evidencias disponibles.
El episodio gana profundidad en estos momentos porque no se limita a describir la crueldad. También examina cómo la frialdad, la mentira y el deseo de notoriedad afectan al trabajo de quienes deben reconstruir los hechos.
Perfiles más planificados y criminales desorganizados
La entrevista alude a la diferencia entre delincuentes capaces de planificar sus acciones y otros que actúan de forma más caótica. Los primeros pueden preparar el acercamiento a la víctima, reducir las pistas y controlar mejor el escenario. Los segundos suelen actuar de manera impulsiva y dejan más evidencias.
Esta distinción no debe interpretarse como una clasificación rígida. Un mismo criminal puede mostrar planificación en algunos aspectos y cometer errores importantes en otros. No obstante, resulta útil para comprender por qué ciertos asesinos tardaron años en ser descubiertos mientras que otros fueron identificados con mayor rapidez.
Enfermedad mental no significa peligrosidad
Francisco García Escalero y las víctimas que nadie buscaba
El caso de Francisco García Escalero introduce una de las reflexiones sociales más importantes del episodio. Este hombre ingresó en un hospital después de intentar quitarse la vida y, al recuperar la consciencia, comenzó a hablar de varios asesinatos.
Sus víctimas eran, en muchos casos, personas sin hogar con las que se relacionaba en la calle. La desaparición de estas personas no siempre generaba denuncias inmediatas, búsquedas organizadas o una conexión entre distintos hechos. Esa invisibilidad social permitió que los crímenes permanecieran ocultos durante más tiempo.
El caso obliga a mirar más allá del asesino y preguntarse qué víctimas reciben atención pública y cuáles quedan fuera de la memoria colectiva. La vulnerabilidad no solo aumenta el riesgo de sufrir violencia; también puede dificultar que la ausencia sea detectada y que se inicie una investigación.
La diferencia entre trastorno mental, psicopatía y conducta homicida
Antonio Trujillo insiste en que la enfermedad mental no debe relacionarse automáticamente con la violencia. La mayoría de las personas con trastornos mentales no son agresivas ni representan un peligro para los demás.
Francisco García Escalero constituye un caso excepcional en el que coexistieron problemas mentales graves y una conducta homicida. Convertir esa excepción en una regla contribuiría a reforzar estigmas injustos y a simplificar un fenómeno mucho más complejo.
La psicopatía, los trastornos psicóticos y otras alteraciones de la personalidad no son términos intercambiables. Cada uno responde a características distintas y requiere una valoración profesional. El comportamiento criminal tampoco puede explicarse mediante un único diagnóstico.
El peligro de convertir la excepción en una regla
El cine, las series y algunos tratamientos sensacionalistas han asociado con frecuencia enfermedad mental y asesinato. Esa imagen puede llevar a pensar que una persona diagnosticada es potencialmente peligrosa, cuando la realidad es mucho más amplia y diversa.
La entrevista introduce una corrección necesaria: los delitos violentos cometidos por personas con enfermedades mentales graves no representan el comportamiento habitual de quienes viven con estos trastornos.
Esta precisión aporta rigor al episodio y lo diferencia de otros contenidos de true crime que recurren a diagnósticos simplificados para explicar cualquier conducta extrema.
El Mataviejas y los trofeos de una fantasía criminal
Por qué José Antonio Rodríguez Vega elegía mujeres mayores
José Antonio Rodríguez Vega, conocido como El Mataviejas, seleccionaba principalmente a mujeres de edad avanzada. Se acercaba a ellas mediante una apariencia amable y se ofrecía para realizar arreglos domésticos o pequeñas tareas.
Su aspecto y su capacidad para generar confianza le permitían acceder a los domicilios. La vulnerabilidad de las víctimas, su edad y el hecho de vivir solas facilitaban la aproximación.
El caso también muestra que la selección de una víctima no siempre está relacionada con la falta de oportunidades sexuales o afectivas. En determinados agresores, la conducta responde a fantasías de control, dominación y violencia que se han desarrollado durante un periodo prolongado.
La habitación roja y los objetos de sus víctimas
Cuando la policía registró la vivienda de Rodríguez Vega encontró una habitación completamente pintada de rojo. En ella guardaba objetos personales pertenecientes a las mujeres asesinadas, ordenados y expuestos como parte de una colección.
Estos objetos pueden entenderse como trofeos. Para algunos criminales, conservar una pertenencia de la víctima permite recordar el crimen, reconstruir mentalmente lo sucedido o prolongar la fantasía que motivó la agresión.
La escena resulta visualmente impactante, pero su valor no reside únicamente en lo macabro. Los objetos vinculaban al sospechoso con las víctimas y ayudaban a comprender el significado psicológico que los crímenes tenían para él.
Justicia penal, ley de la cárcel y venganza social
Rodríguez Vega murió asesinado en prisión a manos de otros internos. La reacción pública ante sus agresores abrió un debate sobre la diferencia entre justicia y venganza.
Una condena penal se establece mediante un procedimiento judicial y dentro de los límites de la ley. La violencia ejercida por otros presos no constituye una prolongación legítima de esa condena, aunque una parte de la sociedad pueda interpretarla emocionalmente como un castigo merecido.
El episodio plantea así una pregunta incómoda: qué sucede cuando la repulsión hacia un criminal lleva a celebrar otro acto de violencia. La gravedad de sus delitos no elimina la necesidad de mantener una separación clara entre justicia institucional y venganza colectiva.
El Brujo y la dificultad de capturar a un asesino
Dámaso Rodríguez y su conocimiento de las montañas de Tenerife
Dámaso Rodríguez Martín, conocido como El Brujo, fue un delincuente sexual y homicida que conocía profundamente las zonas montañosas de Tenerife. Esa familiaridad con el terreno le permitió ocultarse y desplazarse durante la búsqueda policial.
Su capacidad para aparecer en lugares distantes en periodos aparentemente breves contribuyó a alimentar el apodo. En realidad, algunas de aquellas aparentes contradicciones se explicaban porque los robos o avistamientos no siempre se denunciaban inmediatamente.
El territorio se convirtió en una ventaja para el fugitivo. Mientras los agentes debían desplegar una operación de búsqueda en una zona extensa y compleja, él conocía caminos, refugios y lugares donde conseguir alimentos.
Permisos penitenciarios, errores y señales ignoradas
El caso también plantea cuestiones sobre la valoración del riesgo y los permisos penitenciarios. Dámaso Rodríguez había mostrado anteriormente conductas sexuales violentas y volvió a delinquir durante una salida.
Analizar estos hechos desde el presente exige evitar respuestas simplistas. Los sistemas de evaluación trabajan con información clínica, penitenciaria y conductual, pero ningún procedimiento puede garantizar con absoluta certeza cómo actuará una persona en el futuro.
La revisión de estos casos permite identificar fallos, mejorar los protocolos y comprender qué señales fueron infravaloradas. No obstante, también es necesario evitar que un episodio excepcional sirva para negar cualquier posibilidad de reinserción al conjunto de la población penitenciaria.
Las pistas de un criminal desorganizado
Dámaso Rodríguez actuaba de manera menos planificada que otros criminales. Dejaba rastros, improvisaba y dependía de las oportunidades que encontraba. Una vez identificado como sospechoso, el principal reto no consistió en demostrar que podía estar relacionado con los hechos, sino en localizarlo dentro de un terreno que dominaba.
El caso demuestra que la desorganización no convierte a un criminal en inofensivo. Puede hacerlo más visible para los investigadores, pero también más imprevisible.
Mujeres y menores en la historia criminal española
Piedad Martínez del Águila y una infancia convertida en vida adulta
La entrevista también aborda el caso de Piedad Martínez del Águila, una niña de doce años que vivía en un hogar marcado por la pobreza, el elevado número de hijos y la ausencia de una infancia normal.
A pesar de su corta edad, debía cuidar de varios hermanos menores y asumir tareas impropias de una niña. Según la reconstrucción planteada en el libro, terminó percibiendo a esos hermanos como obstáculos que le impedían vivir, jugar y relacionarse con personas de su edad.
El contexto ayuda a comprender la presión a la que estaba sometida, pero no convierte las muertes en un hecho justificable. Comprender no significa excusar. Permite analizar cómo la sobrecarga, el abandono y la falta de protección pueden influir en el desarrollo de una conducta extrema.
Contexto social, responsabilidad e inimputabilidad
La edad de Piedad condicionó la respuesta institucional. No podía ser tratada penalmente del mismo modo que un adulto y quedó bajo la intervención de instituciones asistenciales.
El caso plantea preguntas sobre la capacidad de una menor para comprender la gravedad de sus actos, sobre el modo en que intentó ocultarlos y sobre la responsabilidad de los adultos que habían depositado sobre ella obligaciones desproporcionadas.
También demuestra que el engaño no pertenece exclusivamente a perfiles psicopáticos adultos. Incluso una menor puede intentar fingir síntomas, desviar las sospechas o señalar a otra persona cuando comprende que está siendo investigada.
Por qué también existen asesinas en serie en España
La mayoría de los criminales más conocidos de la historia española son hombres, pero las mujeres también aparecen en la crónica negra. Sus métodos, motivaciones y selección de víctimas pueden ser diferentes, aunque no existe un único perfil femenino.
La escasa presencia de mujeres en algunos listados no significa que los casos no existan. En ocasiones han recibido menos atención mediática o han sido interpretados mediante estereotipos que dificultaban reconocer la posibilidad de una autoría femenina reiterada.
Crímenes que no encajan en una única clasificación
El caso Alcàsser y la necesidad de separar hechos e hipótesis
La entrevista dedica una parte importante al crimen de Alcàsser, uno de los casos que más profundamente marcaron la memoria colectiva española. Sin embargo, no debe presentarse como un ejemplo directo de asesinato en serie.
Se trata de un crimen múltiple alrededor del cual han surgido numerosas hipótesis, contradicciones y narrativas alternativas. Antonio Trujillo explica cuál de esas interpretaciones desarrolla en su libro, pero debe quedar claro que una hipótesis narrativa o criminológica no equivale a un hecho probado judicialmente.
En casos tan sensibles resulta imprescindible diferenciar entre la sentencia, los datos acreditados, las dudas legítimas y las especulaciones. También debe mantenerse una especial consideración hacia las víctimas y sus familias.
Por qué algunos crímenes permanecen en la memoria colectiva
Determinados casos trascienden la investigación policial y se convierten en referencias generacionales. La cobertura mediática, la edad de las víctimas, la aparición de sospechosos huidos o la existencia de preguntas sin respuesta pueden mantenerlos vivos durante décadas.
El caso Alcàsser también modificó la forma de informar sobre los sucesos. La exposición televisiva, las tertulias y la utilización del dolor familiar contribuyeron a un modelo de tratamiento informativo que posteriormente sería identificado como una de las expresiones más duras de la televisión sensacionalista.
Recordar estos crímenes exige evitar que la repetición de imágenes y teorías termine desplazando la identidad de las víctimas.
Más allá del morbo del true crime
Qué aporta la investigación criminal a la comprensión de estos casos
El verdadero valor de estudiar a los asesinos en serie en España no está en elaborar una clasificación del horror. La criminología y la investigación permiten reconocer patrones, mejorar la coordinación policial, proteger a víctimas vulnerables y revisar errores cometidos en casos anteriores.
La conversación con Antonio Trujillo muestra que las investigaciones avanzan mediante detalles concretos: una declaración contradictoria, un objeto conservado, una información que no había sido publicada o una conexión entre hechos ocurridos en territorios distintos.
La sensación final es la de una entrevista especialmente completa, no porque acumule nombres, sino porque explica por qué determinados elementos son importantes. El oyente no recibe únicamente una historia criminal; también comprende mejor cómo se construye una investigación y por qué las certezas requieren pruebas.
La importancia de recordar a las víctimas y no mitificar al asesino
Los apodos, las cifras y las narraciones sobre asesinos pueden terminar convirtiéndolos en figuras casi legendarias. Esa mitificación corre el riesgo de otorgarles la notoriedad que muchos buscaban y de relegar a quienes sufrieron sus actos.
Un tratamiento responsable del true crime debe contextualizar los crímenes, explicar las investigaciones y recordar que cada cifra representa una vida. También debe evitar diagnósticos improvisados, afirmaciones no demostradas y descripciones gráficas que no aportan comprensión.
Este episodio de MUR se aproxima a la crónica negra desde esa perspectiva: observar el comportamiento criminal sin glorificarlo y analizar los casos sin reducirlos a entretenimiento morboso.
Escucha la entrevista con Antonio Trujillo García en MUR
La entrevista completa permite conocer cómo nació Crímenes que estremecieron a España, qué dificultades presentan las confesiones de algunos asesinos y por qué la experiencia policial resulta fundamental para interpretar los detalles de una investigación.
Antonio Trujillo analiza casos muy diferentes entre sí y explica cómo la mentira, la frialdad emocional, la enfermedad mental, la vulnerabilidad de las víctimas y el contexto social pueden influir en cada historia.
Puede encontrarse más información sobre sus libros y publicaciones en la web oficial de Antonio Trujillo García.
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Preguntas frecuentes sobre asesinos en serie en España
¿Quién fue el mayor asesino en serie de España?
Manuel Delgado Villegas, conocido como El Arropiero, suele ser considerado uno de los asesinos en serie más prolíficos de España por la cantidad de crímenes que confesó. Sin embargo, solo una parte de esas muertes pudo investigarse y atribuirse con suficiente certeza.
¿Cómo comprueba la policía que una confesión es verdadera?
La confesión debe contrastarse con pruebas, testimonios, escenarios, objetos y datos reservados. Cuando una persona conoce una información que no ha sido divulgada públicamente, ese detalle puede reforzar su vinculación con el crimen, aunque todavía será necesario reunir otras evidencias.
¿Todos los asesinos en serie son psicópatas?
No. Algunos presentan rasgos asociados a la psicopatía, como manipulación, frialdad emocional o falta de remordimiento, pero no existe un único perfil psicológico aplicable a todos los asesinos en serie.
¿Existe una relación directa entre enfermedad mental y violencia?
No. La mayoría de las personas con enfermedades mentales no son violentas. Relacionar automáticamente trastorno mental y peligrosidad genera estigma y no refleja la complejidad de la conducta criminal.
¿Por qué algunos asesinos guardan objetos de sus víctimas?
En determinados casos, estos objetos funcionan como trofeos que permiten recordar el crimen o revivir una fantasía. También pueden convertirse en pruebas importantes para vincular al sospechoso con diferentes víctimas.
¿Ha habido mujeres asesinas en serie en España?
Sí. Aunque los casos masculinos son más numerosos y conocidos, la historia criminal española también registra mujeres responsables de varios asesinatos. Sus motivaciones, métodos y selección de víctimas no responden necesariamente a los mismos patrones que los hombres.



